La metáfora de la vida
Ocurre que a veces una ráfaga de felicidad ha pasado por tu puerta y la fugacidad la ha arrebatado sin que haya habido tiempo para disfrutarla.
Ocurre también que nuestra condición de ser humano nos impide comprender los misterios inexplicables que nos depara el futuro, el destino, o Dios. Fuera de nuestro alcance quedan tantas cosas, que cada día aparece la retórica de por qué estamos aquí. Nadie realmente lo sabe, pero cada uno de nosotros podemos construir nuestra propia respuesta.
Cuando somos conscientes de que aferrarse a una idea es un método de supervivencia tendemos a considerar que aquí encontramos también el instrumento perfecto para permanecer inmunes al dolor. Sin embargo, y una vez llegados a estas circunstancias, primero te planteas tus creencias y principios, luego que quizá haya algo que merezca la pena, y posteriormente acabas viviendo en una curva de altibajos que se complementan con especiales momentos que te enseñan a valorar la menor insignificancia. Puede que una de las finalidades de los malos momentos sea aprender a mirar a tu alrededor, hay mucho por descubrir y a veces es necesario que sucedan ciertas cosas para quitar esa venda de los ojos. Justificable o no, lo entendamos o lo condenemos, claro está que todo ocurre en función de una consecuencia positiva para nuestra vida, aunque, insisto, nunca se llegará a entender, sobre todo cuando lo tienes tan cerca.
Recuerdo también una vez, hace más o menos un año, me encontré en la sala de espera de una clínica hospitalaria a una pareja de ancianos. Aquella señora, corpulenta y con cara de ángel se recostaba en el viejo hombro de un caballero teñido de blanco. La ternura que me inspiró aquella maravillosa escena inundada por el silencio y por la comprensión mutua sin argumentar palabras, me hizo reflexionar sobre ciertas ideas. Hay ocasiones en las que es imprescindible mirar a nuestro alrededor y ver cómo gente normal es tan feliz con tan poco. En esta peculiar pareja el amor brillaba por encima de todo, detrás de sus rostros se adivinaba una serie de tristes y duras vivencias, pero sin embargo allí estaban ellos, al pie del cañón y dando una patada a todo aquello que tuviera un matiz de infelicidad. Quizá es hora de que aprendamos a realizarnos en lo poco y en lo sencillo.
Porque, como ya dijo Oscar Wilde, «a veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante». Son esos momentos de plena realización los que nos alientan a seguir en este mundo que día a día se vuelve más loco. Mi madre, acertada en todas sus creencias y actitudes, siempre repetía que hay que disfrutar de los buenos ratos, los malos ya vienen solos. Aplicado esto a la realidad en que vivimos, que razón llevaba ella, tendemos a anhelar siempre más de lo que necesitamos y al final nuestra alma vaga solitaria buscando un camino, el que nosotros no le hemos dado.
Nacer, reproducir y morir constituyen nuestro ciclo vital. A menudo somos como zapateros sin calzado que arreglar, como un estudiante sin bolígrafo, o como un empresario sin ordenador portátil. Ocurre entonces que carecemos de las herramientas imprescindibles para desarrollarnos, necesitamos lo más importante, el fundamento de nuestro destino. Vivir el presente es símbolo de lucha, pensar en el futuro sólo nos hace perder tiempo para disfrutar el ahora. El «carpe diem » entonces no queda obsoleto, sino frente a nosotros como forma de ostentar la máxima felicidad, esa que llega con la fugacidad del momento y su fuerza aprisionadora nos envuelve en el instante. No se trata de ser por la circunstancia, es el universo el que nos configura de esta manera, aún no estamos preparados para la llegada del fin de los días, preferible es guardarse cada detalle de satisfacción.
La superficialidad, tan de moda hoy en día, donde los sentimientos se dejan atrás para dar paso a un verdadero protagonista, el prejuicio. Hacia cualquier situación, hacia la mínima circunstancia, todo significa ver la paja del vecino sin quitarnos la viga de nuestro ojo. El cúmulo de odio, incomprensión, desamor, llegan de la mano de unos tiempos difíciles en los que por la causa que sea el poder nos manipula. La fragmentación rompe la unidad, ya lo estamos viendo en nuestra sociedad española, donde la razón dejó de serlo desde hace algún tiempo, dónde la degradación disimulada de nuestra democracia viene dada por la persuasión y el cambio constante. La inmunidad no existe, pero nunca fueron buenos los extremos. Ahora nos aliamos con una minoría que se ha hecho eco en la vida política a fuerza de la opresión, de la sangre y de la masacre, todo ello respaldado por una enérgica representación. No hay culpables de nada, simplemente causantes de principios que evocan una cadena en la que los motivos se llevan desde un lado a otro. Todo tiende a un fin común: el ideal del máximo poder en quién utiliza una serie de medios para obtener sus fines, en nuestro caso esos medios cobraron muchas muertes. Y aún seguimos aquí, inconscientes de nuestro futuro, construido por una mayoría tornada en su momento por unos tristes acontecimientos.
La tierra que nos vio nacer nos empuja al desconcierto y a la desolación, cómo tímidas ocurrencias que anidan en el deseo insoportable del dolor. El por qué de lo absurdo nos acoge en la infidelidad de unos principios, marcados profundamente por el deseo de una meta, entorpecida en su final por la fatalidad del destino. Dios nos crea y nosotros desarrollamos nuestra existencia. Nadie nos enseñó a aceptar el sufrimiento, nadie nos contó que la razón de nuestro ego viene acompañada de predestinaciones insospechadas, y todavía sigo pensando que el experto en no dejarse herir sigue sin nacer. Me gustaría lanzar una pregunta retórica al mundo, pero la nulidad de una respuesta me impide abrirme al cosmos, y empiezo a comprender que el tiempo cicatriza las heridas, pero finalmente nunca averiguaré la cuestión que me planteo. Entonces quizá sería mejor dejar de perder mis momentos buscando una razón para las atrocidades de la providencia. Una vez oí de alguien que no se puede desatar un nudo sin saber cómo está hecho, por ello me es imposible deshacer el lazo de la injusticia, que a la vez es la misma voluntad de Dios. Me parece correcto ahora, después de algún tiempo, dejar al Supremo mover los hilos de nuestros movimientos, pero la vida fue vulnerada en cualquier caso.
García Márquez decía que siempre habrá gente que nos lastime, pero lo que tenemos que hacer es seguir confiando y ser cuidadoso con quién confiamos dos veces. La confidencia es a menudo fruto de un espejismo creado por nuestra mente para no rendir cuentas a la soledad, inherente a nosotros aunque sigamos pensando que estamos rodeados de personas. La utopía del primer amor se queda en que siempre segundas partes nunca fueron buenas, y aún tenemos la esperanza de volver a la confidencialidad de aquellos orígenes ilusorios. Creo que el denominado amor surge para el instante, el resto solo es cariño alargado por los sucesos. Hay veces en las que aprender a ser egoístas nos libra del dolor, y como también decía García Márquez, no debemos de pasar el tiempo con alguien que no esté dispuesto a pasarlo con nosotros, esto solo nos lleva a malgastar nuestra existencia y saber que se están perdiendo muchos detalles que merecen la pena. Pero de cualquier modo, y en el caso de seguir perseverando en el error, llega de este modo la firme decisión de no arrepentirse de los hechos, quizá las locuras realizadas en su día se crearon en una ceguera absoluta fundada como certeza de nuestros preceptos.
Cierto día tuve la sensación de saber que la luz de mi ventana traspasaba realmente, y cuando desperté comprendí que el sol era ficticio. Abrí la ventana y únicamente veía nubes, y cuando empezó a llover algo me hizo entender que sólo era cuestión de coger un paraguas para no mojarme, como forma de crear una pompa amparadora de todo lo que se avecindaba. Aquellas gotas que mojaban el cristal me llenaron de inquietud y desesperación, y paulatinamente se iba convirtiendo en la oscuridad de todo lo que me rodeaba. Los coches a penas pasaban por la gran avenida que se divisaba desde mi habitación. La soledad, la impotencia, el anhelo destructivo acabó en un cúmulo de clamores a la nada para que me ayudara a creer en algo o en alguien. Entonces me asomé de nuevo por la ventana y pude observar la ambulancia en el bloque de enfrente, quince minutos después se oían los gritos de una familia rota por la pérdida de alguno de los suyos. Caí en la cuenta de que podía dar gracias entonces de que por lo menos yo tenía la suerte de poder ver la lluvia, esa persona se quedó a mitad de camino. La lucha contra las adversidades no consiste en crear una burbuja ficticia, encerrándonos en nuestro interior y esperando a que alguien nos tienda la mano. Ahora comprendo que sólo cada uno, de forma individual, es el responsable de levantarse de una caída, porque cualquiera que venga a tenderte una mano no tiene la capacidad de saber curarte las heridas provocadas por el accidente, sobre todo cuando esas lesiones son las del corazón. Vivir aferrándose a unos objetivos es la forma óptima de empezar a despertar del sueño y ver que la luz existe realmente, que los alucinaciones solo quedan para unos pocos débiles. La dicha solo la podemos crear nosotros, inútil es seguir viviendo para que alguien nos solucione cada torpeza, el arma para enfrentarnos a todas esas incomprensiones que nos depara el universo solo la teneos nosotros.«Porque no llegará la sangre al río, porque un día seremos sólo historia». Este fragmento de un poema del escritor y periodista malagueño Manuel Alcántara nos muestra que nuestras condiciones son solo el preludio de un tiempo infinito cuya dueña es cada una de nuestras almas. Las equivocaciones, las confusiones, los pequeños cataclismos causados diariamente no son nada más que una muestra de aprender algo nuevo, empezamos a conocer que todo lo que acaece tiene una función, a largo plazo, causada por una serie de errores. Los minutos fluyen, el mundo gira, y hay ocasiones en las que permanecemos atentos a todas las vueltas del universo pensando que alguien nos llevará a rodar con todo, hasta que llega un sueño para cumplir y entonces somos conscientes de que los verdaderos protagonistas somos nosotros. Vivir sin limitaciones no está prohibido, existir fuera del libertinaje es nuestra obligación. Saber que una sonrisa vale más que mil palabras, lucir mirada sincera, alcanzar lo imposible, y de vez en cuando tener alrededor personas momentáneas, constituyen el desarrollo de nuestro ego. La sutil individualidad, utilizada a menudo para guiar nuestro destino, es el único camino para evolucionar, aunque dicen que hay que utilizarla con precaución, porque creo que es amiga de la soledad. Aún así la felicidad de cada uno no está reñida con la dicha del «carpe diem » en comunidad, sólo que en esta última debemos andar con pies de plomo, pisar sobre un terreno firme y con la cabeza bien fría, no sea que llegue alguien con mano suave y se haga dueño de nuestros pensamientos. La prosperidad del instante no hay que buscarla, llega siempre cuando menos se espera, claro que también hay que saber que está ahí, es cuestión de dejarse guiar por los impulsos del buen hacer. Cuando nuestra mente vuela sin saber hacia donde va, cuando los sentidos se hacen presa de un destino que nos lleva de la mano, entonces debemos obedecer a nuestro corazón. Es en estas ocasiones, en las que pensamos con el sentimiento, en las que empezamos a creer en lo que dejamos un día atrás. Me refiero con todo esto en que la vida nos ofrece a veces ocasiones de oro que no pueden pasar desapercibidas, la improvisación juega el rol más importante, aquí no hay lugar para el arrepentimiento ni el “si hubiera hecho esto”, puesto que nuestras decisiones son producto de nuestra seguridad temporal. Jamás hay que buscar una causa donde no la hay, yo abogo de este modo por el afán ilusorio de perder la cabeza de vez en cuando, pero con unos firmes pies en el suelo para poder seguir cami
viernes, 21 de diciembre de 2007
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